REINAS DE PUEBLO GRANDE

    A lo mejor es cierto que antes de morir es posible, si se quiere, dimensionar como exacto y hasta encajable el sentido unívoco de lo que quisimos en virtud de lo que realizamos y conseguimos. Y a lo mejor es cierto que, ya teniéndola más cerca a fuerza de promedios de mortalidad al menos, sobre la lenta pero constante opacidad que ya parpadea intermedia con su brillo dilatado, Mirtha Legrand se va a dar cuenta que aquello que ambicionó más real y más habitual, su vida y la de su familia, no es ni apenas un desvelo de la duermevela que siempre quiso soñar como realizable. Y no tendrá a nadie a quien echarle la culpa, ni público a quien agradecer.

La madre

    Todo empezó casi como un chiste de corte farandulero o una especie de rótulo mediático sobre su figura y sobre la impronta que siempre quiso para ella y para su familia. Y hasta se podría inferir que, después de todo, viniendo de donde viene, teniendo 85 años y con un falso aggiornamiento encima, habiendo transitado una época del cine argentino donde la industria era una palabra común bajo reproducciones de símil formato hollywoodense, y habiendo sido prácticamente la gallina de los huevos de oro para toda su descendencia una vez que pisó y se quedó en la televisión (incluso para su difunto marido, que en cine filmó lo que quiso pero el grueso de billetes venía de la televisión en la que Mirtha Legrand todos los días ponía la cara y el cuerpo), el sueño de ser reina a Mirtha Legrand siempre le resultó una amable y hasta posible sensación de realidad. Nadie discute con una reina, y menos por televisión. Mirtha no sólo quiso un linaje real sino una conducta y una norma preestablecida por esa estirpe y por los mandamientos del cristianismo que siempre impuso para ella y para toda su familia. Quiso imponer más bien y si se lo mira desde ahí, si se lo mira desde ese deseo tan imposible como seductor, desde esa posible cabeza y desde lo que existió y existe a su alrededor como familia, el sueño se le puso espeso. Fue gallina de huevos de oro pero no vaca sagrada dejó entrever siempre su familia. Siempre desde su familia (del costado femenino sobre todo) se apeló a demostrar ante las cámaras que, a pesar del amor, siempre había un gesto de más para hacerle ver a la teleaudiencia “cuán insoportable es la vieja”. Ahí es donde Mirtha está muy perdida de lo suyo o, por el contrario, está resuelta a morir reina (pero ella sola). Será por eso que como se dice le bajó la persiana (mediática) a su nieta hace unas semanas pero no a su yermo (Marcos Gastaldi) hace unos años, cuando salió muy resuelta de cuerpo y de boca a defenderlo de, prácticamente, meterse todo un banco en el bolsillo. Será que es mucho peor la deshonra del cuerpo que la del billete para Mirtha, será por eso o por vergüenza (y no por respeto) que silenció cuanto pudo la vida de su hijo hoy muerto, será por eso que se tragó orgullosa el “mierda, carajo” de Samuel Gelbrung porque atrás hay una cama infiel, o será que está cansada de que nadie le haga caso, o será que, si se buscan y revelan chimentos históricos de la farándula argentina, a Mirtha se le repite la historia en su descendencia mal criada y muy necesitada de satisfacción personal.

La hija

    Hacer lo que se dice hacer, en realidad, nunca hizo nada relevante por televisión. Hace décadas fue una de las primeras periodistas (¿?) en ir a Cuba y entrevistar a Fidel Castro, tuvo dos o tres programas del tipo magazine y lo peor que le pudo pasar en la vida televisiva fue tener que reemplazar un tiempo (corto) a su madre en los almuerzos televisados. La madre la castigó desde su nacimiento poniéndole un nombre que no pega con el abolengo que incita a su creencia visual. No hay dónde poner una h en Marcela, y más que linda es intratable desde el vamos. Por lo que se traduce por la pantalla chica (la grande la pisa como espectadora nomás), como otras, sólo una cosa le hace bien de los hombres sin importar nada más que eso. Es ordinaria porque no hay otro adjetivo mejor para esa especie de soberbia aburrida que muestra, y subida siempre a una cartera Christian Dior, la imagen televisiva de Marcela Tinayre, obviamente, fue la medida de la sombra de su madre, casi como funciona la relación entre la ciudad de Rosario y la autónoma de Buenos Aires. Entre ese desbarajuste emocional se vio siempre por televisión a la hija de Mirtha. Simpática no fue nunca al aire y generaba menos empatía que su hija, Juana Viale, que de chiquita supo odiar a la prensa del corazón que le dicen, pero que desde los 14 años que viene siendo foto social en Punta del Este con cualquier varón al lado. En cine apareció en La viuda de los jueves, la versión de Marcelo Piñeiro de la novela homónima de Claudia Piñeiro, donde lo mejor que hace es poner cara de rica insatisfecha y dejarse hundir la cara en un plato de comida. En televisión, Adrián Suar le hizo el año pasado una telenovela a su medida a la que llamó Malparida, título que Marcela y Mirtha habrán amado, siempre teniendo en cuenta cómo, desde la ficción televisiva, los actores se pasan facturas unos con otros y siempre recuerdan la premisa que el que tiene plata hace la ficción que quiere, y con quien quiere y, sobre todo, puede manipular la vida de los actores en función de lo que sale al aire como ficción.

La hija de la hija

    Casi con un hincapié que irremediablemente muta en parodia a la hora de hacer referencia a lo que un actor (o lo que sea) “hace” como ficción por la televisión y lo que ese actor “es” en realidad, todos los días que anda por ahí sin pantalla, lo que pasó a partir del video casero y las fotos en las que más o menos se puede ver a Juana Viale y Martín Lousteau chapando dentro de un auto, despertó la lengua de muchos que empezaron a despotricar los salmos biempensantes sobre mandatos a los que llaman (desde la tele) “moral”, dándole de lleno al poco e incómodo detalle que la que estaba chapando, además de ser la nieta de Mirtha Legrand y una chica proclive a exasperarse por la pantalla chica si no la tratan como a digamos Carolina de Mónaco, está casada y, lo peor de todo, que está embarazada de seis meses. Ahí el cómo reemplazó al qué y más allá de que es un bajón defender a Juana Viale, el dedo en la llaga fue cómo con semejante panza una mujer podía hacer “eso”. Eso, al parecer, Martín Lousteau ya lo venía haciendo en el linaje Legrand, ya que hace unos años el que estaba chapando con la nieta de Mirtha y que fue Ministro de economía hasta que Moreno le hizo un gesto con su dedo índice atravesándole el cuello, ése economista de rulos a lo Pantene muy amigo del matrimonio Darío Lopérfido/Esmeralda Mitre, ya se había dejado arrastrar por los efluvios amorosos de Valeria Gastaldi, una medio hermana de Juana Viale, que también por entonces estaba embarazada. Ensoñaciones eróticas diversas al parecer genera estudiar economía y juntarse con Lopérfido. En paralelo, Lousteau, hace unas semanas, presentó en la última feria del libro su flamante libro sobre economía y, por decir, vida cotidiana. Además de hacer público que, como Ben Stiller en Loco por Mary, la masturbación calma lo que vendrá, increíblemente (o no) todos los noticieros (todos, la TV pública también) mostraron y leyeron los mismos párrafos donde el economista da ejemplos prácticos sobre certezas, índices, indicadores de valores y de inflación y hace especial énfasis en las mujeres casadas, quienes estando embarazadas sólo ellas son dueñas de la verdad. La verdad, para Lousteau, es saber de quién es el hijo de la embarazada. La embarazada tiene una hija cuyo padre es hijo de Piero, que dicen está que arde con esta cuestión ya que no sabe, dijo, “cómo está la salud mental de su nieta Ámbar”. De ese color y más oscuro aún dicen que está el corazón del chileno Gonzalo Valenzuela, actor, casanova de la Patagonia y marido de Juana, que al parecer de tanto ponerla por ahí se la pusieron a él y ahora llora por los rincones (pero no deja de grabar, puntualmente, todos los días su participación en la serie que está desnivelando la astucia de Carla Peterson). Mientras tanto, Mirtha vio el casamiento del hijo de Lady Di por pantalla gigante. Pero esta vez no lloró.

Leonel Giacometto

Publicada en el diario El Ciudadano & la gente el lunes 9 de mayo de 2011 (Rosario, Santa fe, Argentina) / http://www.elciudadanoweb.com/?p=209344

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SOBRE ANIMALES ENVEJECIDOS

    Viviana Canosa fue comprada, lo que implica que ésta tenga que, como lo está haciendo hoy por hoy, lisa y llanamente cerrar la boca ante algunas cuestiones y, de vez en cuando mirar a Camilo García con una mirada que al otro le hace acordar a su antiguo jefe, que decidió no prestarle atención por ahora a El Trece y navegar entre América y Telefé. Lo de Carla Peterson parece cool pero no se entiende cómo alguien escribió eso. Leticia Brédice (por suerte) gana terreno en El elegido. Volvió Karin Kohen, herida como se había ido. Patricia Bullrich sigue en la política y sigue apareciendo en la tele como si nunca hubiese escuchado hablar de algo llamado “pasado”. Gustavo Sylvestre sale más blanquito por América 24, y en TN apareció Graciela Camaño muy parecida a Vanessa Show, por el botox y el dibujo de las cejas arqueadas como la junta de pelos que Mónica Gutierrez tiene en la cabeza y ni mú dice al presentar las más terribles salideras bancarias, mientras de noche Roberto Pettinato ni siquiera hace lo que puede ya, y más de uno espera que Mariana Fabbiani, alguna vez, explote ante la catarata de pavadas que le toca presentar y que, se nota, no tiene ganas. Tortonese fue y el calzoncillo del hijo de Ernestina sigue sin ser noticia. Lo de Nora Dalmasso pasó de ser una novela de Claudia Piñeiro a una entrecruzada pugna de políticos y testaferros. Orlando Barone en 678 no entra (no entra) en sí mismo al verse como se ve, y Sandra Russo tiene desde hace meses la misma cara de poca bragueta que pareciera estar a punto de algo. Pero no. Desde rincones hasta opuestos dos personas envejecen y muestran que, como canta otro al que una María se le está apagando, con el tiempo esto se cae como una fruta vacía y nadie se encuentra con nadie en un punto y que aquello fue falsa alarma. Sergio Denis tiene una canción que a muchos les mete pilas pero a él no porque al parecer amagó con irse de entre los mortales, mientras que a Charly García lo muestran gordo como un sapo, desvencijado y sostenido como una marioneta, o como esas cosas que se llaman estrellas y que dicen que aún brillando ya están muertas. Todo eso (y más) sucede por la televisión argentina. Pero aún falta alguien.

El águila de dos cabezas

    En un mes aproximadamente se hace de cuerpo visible quien nunca se fue de la pantalla nacional. En menos de un mes vuelve la cabeza que refundió toda la posible galantería de ser, digamos, persona de la televisión y transformarlo todo en una especie de feria americana donde todos, mal que les pese, valen lo mismo. El valor (de ser artista y/o personaje) es una cuestión, al parecer, muy importante dentro del medio que hace la televisión pero Marcelo Tinelli les avisa que nadie vale nada y que a fin de cuentas, los millones que empezó a amasar desde que un peso era un dólar son, en realidad, el peso en cuestión. Pero esa cabeza que gestó ese imperio esconde otra cabeza que, por derecha y por izquierda, pareciera detestar a todo cuanto persona/personaje se le ponga al lado, pareciera esconder cierto enojo de rico sin abolengo, pareciera ser y no ser tilingo sino peor, pareciera decir que las mujeres sólo valen cuando suben a un supuesto cuarto piso del edificio de Ideas del Sur y se arrodillan para firmar el contrato, pareciera decir que sólo siendo esposa una mujer puede ser digamos tenida en cuenta como heredera y amarla por tal, pareciera decir que su sonrisa y afabilidad compinche con la teleaudiencia no es más que una postura que no hace más que juzgar lo que él mismo está generando, pero de lo que no está siendo parte bajo ningún concepto porque, como le dijo una vez a un jurado de su programa en relación a un cruce entre la que se acostaba con Massera y la tardía vieja loca desclasada de music hall: “Esos son problemas de ustedes”. Y hablaban de HIV con la misma soltura que pronunciaban la palabra “trayectoria”. Algo así también sucedió el año pasado cuando, en vivo, la frenó en seco a una Reina Reech desbocada que osó decir que él (Marcelo Hugo Tinelli, de Bolívar, provincia de Buenos Aires), aprobaba y hasta alentaba todo cuanto despelote y embarre se gestase ahí dentro, en, entre y por las galerías del set donde se emite y graba Showmatch. O cuando Carla Conte le dijo en la cara y en vivo que por qué no le cortaba las polleritas a sus hijas. Ahí fue que Marcelo Hugo, jocoso como siempre, dejó entrever un gesto de desidia, al menos, y guardó las tijeras en sus bolsillos llenos de plata fácil y gente que la imagen abandonó. Y hasta ganó Carla Conte ese año y hasta Tinelli la abrazó, emocionado casi, siempre. En un mes vuelve todo eso. Y más.

La danza de los vampiros

    Partiendo de la base que nunca el baile fue lo importante, y eso estuvo más que claro desde el arranque y no tiene por qué ser un dato peyorativo sino más bien una postura frente a la intencionalidad de las cosas por las cuales se hace televisión, el invento mexicano de ese imperio llamado Televisa, Bailando por un sueño, Ideas del sur lo reconfiguró para Argentina hace más de siete años, y hoy por hoy da como resultado, en el masivo del público de la televisión que es mirada como puro suceder digamos, una polarización de contenidos donde ya quedan muy pocas cosas libradas al libre albedrio de un impulso mal colocado, y algunas cosas ya no sucederán. Acá vuelve Canosa comprada y mal teñida, y una Reina Reech que de jurado le pusieron a Flavio Mendoza al lado, y a éste a Marcelo Iripino, el gordito que sonreía y sonreía como desaforado cuando le hacía los musicales a Susana Giménez en los años noventa del siglo pasado. O sea, desde la tarde de todos los días ya desde enero está claro que este año será contundente en cuanto a quilombos pero medido en cuanto a opiniones. Este año será Bailando y será Cantando por un sueño y los nombres de los participantes aún van y vienen. Esto implica que toda esa gente en danza a la espera, o ya firmó y se hace la sota o la palabra “ensayo” en ese programa es apenas una imitación de un estado jamás conocido.

    La lista de los argentinos no le debe sumar mucha plata toda junta porque Tinelli apunta a tener a Mike Tyson y Pamela Anderson que, si bien ya tienen su lápida mediática, fuera de EEUU siguen siendo, al menos, Lepera. A los famosos también hay que sumarles el, la o lo que salga más carneable y carnoso de Soñando por bailar, un verdadero jardín de gatitos muy manoseados ya por el medio al que tanto aspiran con acceder.

Juvenilla

    Haciendo zapping, como al voleo, se lo pudo escuchar a Jorge Rial decir de su misma boca pero por dos cuestiones distintas que le podría pegar un tiro en la nuca a alguien, y que qué país hicimos para esta gente. Esta gente, en esa cuestión, eran los jóvenes que según él se reflejan en Gran hermano y en la misma gente que dice que sigue, apoya, alienta y vota a uno de los participantes, de sobrenombre “Cristian U.”, sin apellido y al parecer adicto a varias cosas de las que la producción de Gran hermano le alimenta la abstinencia de vez en cuando. Abstinencia es una palabra complicada que viene asociada generalmente a las drogas ilegales, a la cocaína específicamente y de la que la televisión casi siempre encubre con palabras tales como “picos de hipertensión” o “stress” o “depresión” o “ataques de pánico” cuando a lo mejor sería más fácil y menos por decir careta de parte de muchos hacerse cargo de estas cuestiones y no andar con cinco definiciones distintas de la palabra moral encima, despotricando contra todos los que la hicieron y hacen, como Moria Casán, que está “que sí que no que soy lo más emperatriz que hay”  para sumarse al jurado en Bailando por un sueño, y que la semana pasada, por la dudas, le dijo de todo lo más vulgar que hay para decirle a otro, Moria le dijo un poco a Carmen Barbieri, que la volvieron loca para que reventase su autoestima, dicen, el año pasado en Ideas del sur, y que ahora parece está acusada de discriminar a una travesti que, encima, al parecer tiene HIV y ése fue el motivo por el cual Carmen Barbieri la alejó de su compañía teatral. Todos le echan la culpa a Javier Faroni, un productor teatral que la mata callando (siempre). Todo un desmadre sin forma y sin gusto como viene sucediendo desde hace unos años por la pantalla argentina y, sobre todo, por la de El Trece (ex Canal 13), donde las ficciones de Adrián Suar, Polka y compañía sólo arrancan cuando Luciano Castro se saca la camisa. Pero nada más. El resto es de Tinelli.

Leonel Giacometto

Publicada en el diario El Ciudadano & la gente el domingo 17 de abril de  2011 (Rosario, Santa Fe, Argentina) / http://www.elciudadanoweb.com/?p=197342

SOBRE LA INDUSTRIA DE LA CARNE

Aunque siempre a menor escala que el norte del continente, no tanto en cuestiones de calidad sino en cuestiones de producción y cantidad, inversión y quehacer, funcionalidad y posibilidades de expansión y difusión a digamos escala mundial, Argentina alguna vez supo tener una industria del cine que a veces se codeaba con cierta visibilidad dentro de algo parecido al mundo que la ficción audiovisual viene gestando desde hace más de cien años en todo el planeta. Un mundo dentro de otro mundo que a su vez incluye otros pero que todos están en uno donde todos hacen espejo y se reinventan, se retocan. Por eso muchos actores que iniciándose en el cine continuaban su carrera dentro de ese medio sin pisar la picadora audiovisual que se llama televisión. Más que dinero (que lo había) lo que había era público ávido, público para una cosa, público para otra, público que se cruzaba. Graciela Borges es uno de esos ejemplos que aún vive entre la cotidianidad de los mortales argentinos y una imagen cinematográfica que hasta se atrevió al viro (con La ciénaga, por ejemplo). Pero todo aquello, de golpe en algunos países, poco a poco en otros, se terminó para siempre y son muy pocos (pero muy pocos) los actores que en EEUU por ejemplo y por pugna de ambición audiovisual no se rinden, al menos, a una participación millonaria en alguna serie o algún programa de entrevistas. O cuando necesitan promoción (como hacen todos en todos lados), o cuando algo se las va de las manos y necesitan limpiarse que se le dice. La mayoría entonces, con muchas ganas de hacerse millonarios rápidamente, porque exponerse es una virtud inclaudicable del oficio, o simplemente porque, como a todos, la plata no les alcanza, aceptan protagonizar o coprotagonizar series, comedias, dramas semanales y hasta magazines en los que hasta conducen y actúan a medias. La televisión va redefiniendo “eso” que es actuar muy en opuesto al original y, de alguna manera, también, estos actores explotan y sobre explotan el podría decirse rol de tipo o encuadre de actuación que pudieron ir delineando en la pantalla grande. A algunos los van asesorando (para bien o para mal), a otros directamente los moldean a gusto e piaccere, y más de uno hace lo que puede con la estela que va dejando. Algo así venía, viene y sigue haciendo desde hace unos años el actor Charlie Sheen (Carlos Irwin Estévez, 45 años), un mercenario para algunos, una imagen poco fiable para algunas productoras televisivas, y un pedazo de carne lleno de plata, drogas y hastío para otros en los que ya ni la ficción le alcanza. Como a muchos.

Sangre de tigre

Fue Apocalypse now (Francis Ford Coppola, 1979) la película que literalmente hizo saltar a las grandes ligas que se dice la carrera de Martin Sheen (Ramón Antonio Gerardo Estévez, 71 años) y fue también, según sus propias palabras, una de las peores cosas que le pasaron en cuanto a actuación y cine. En el medio de la filmación, en una Malibú que simulaba Vietman, Martin Sheen sufrió un paro cardíaco por el que le llegaron a dar la extremaunción. Pero no murió y terminó la filmación. Invadida de anécdotas como éstas está la historia del cine universal pero, en este caso, a Martin Sheen este disparar en una película que marcó a más de uno y que según el país y el año tenía un final distinto, le posibilitó la categoría de “actor de cine”, ya que venía del teatro off y de apenas una o dos cositas en la televisión de los 70 del siglo pasado. Ya era padre. Y de cuatro varones a los que se llevó con él a la filmación de Apocalypse now. Pero no fue como la familia Baldwin donde todos quisieron y quieren la ficción de la cámara por ósmosis filiar digamos, sino que dos de esos cuatro hermanos siguieron los caminos del padre.

A pesar de siempre dar una imagen de ser el mayor, Charlie Sheen es el menor de los cuatro y le sigue Emilio Estévez (49 años), que fue furor en los ochenta (The Breakfast Club en 1985 entre otras) para un sector del público entre pre, adolescente y pos, mientras que Charlie Sheen le daba duro con Oliver Stone en Pelotón y Wall Street (en 1986 y 1987 respectivamente). Después de ahí, ambos, fueron otros. Emilio Estévez se hizo guionista y director de cine y se sacó (o le sacaron) la imagen de “chico rebelde”, mientras que su hermano empezaba el despilfarro de sí mismo.

El alcohol es una solución temporal sólo si dejas de beber

Aburrida como debe estar esa gente de a ratos, sosteniendo a la fuerza ciertos mandamientos que se reproducen más o menos bajos los mismos parámetros en todo Occidente al menos, con mucha plata encima, Charlie Sheen empezó a pasar más tiempo en su realidad millonaria que en la que la actuación le pedía. Se empezó a mandar un pato tras otro. Un pato es un decir. Se casó, tuvo hijos, se divorció, se volvió a casar dos veces, más hijos, más divorcios, denuncias y contradenuncias de violencia familiar, un disparo accidental en el brazo a una de sus esposas, drogas, actrices porno, festicholas, internaciones en clínicas de rehabilitación, fugas, Martin Sheen pidiendo disculpas públicas por su hijo, actrices porno, más drogas. De a poco, como pasó con muchos, promediaban los 90 del siglo pasado y Charlie Sheen ya no daba ni para promesa de lo que lo la industria cinematográfica norteamericana espera de un actor de primera línea: parámetros, conservadurismo, actitud “pingüinos de Madagascar” (“sonrían y saluden”), correlatividad entre la ficción y su vida pública, ser Catherine Zeta Jones por ejemplo, o Brad Pitt. Así Charlie Sheen, siempre con la billetera más o menos llena, empezó a de alguna manera “hacer” de sí mismo, a parodiarse, a correrse para otro costado. Hizo cameos y participaciones especiales en muchas películas y series de televisión (desde Being John Malkovich, de Spike Jonze en 1999, hasta la serie Friends). Con la participación en esas parodias de géneros que a veces bordean lo brillante y otras veces lo liso y estúpido (Scary movie 3 y 4) se llenó de plata otra vez, y supo darse para su propia actuación y para el producto un toque de humor poco frecuente en este tipo de actores. Con ése toque, leve pero toque al fin, apareció la televisión con mayúsculas para él. Y al destino trágico de otros también.

Asesino del Vaticano

Empezaba el siglo 21 cuando otro fulgor de la década del ochenta, devenido ya actor cómico en la televisión, se le hacía imposible disimular el Parkinson. La serie se llamaba Spin city y el actor era Michael J. Fox (Back to the future en 1985). El esfuerzo del cuerpo de ese actor por sostener la ficción a pesar de todo era más que evidente por la pantalla chica y Michael J. Fox hacía lo que podía. Mientras tanto, la CBS ya especulaba con quién sería el reemplazo de la cabeza de una serie que, obviamente, debía continuar. Y como el show debe seguir, Charlie Sheen fue el reemplazo. Tal como sucedió por estos pagos alguna vez entre Georgina Barbarrosa y Carmen Barbieri las críticas hacia Sheen cayeron como bolas de fuego pero, igual que Carmen, Sheen demostró que se la bancaba al aire, y que la teleaudiencia espera siempre lo peor del que está del otro lado. La serie disparó puntos muy altos de rating con Sheen y duró dos años más. Fue para 2003 entonces que la CBS le inventó una serie a su medida y apareció Two and a Half Men (Dos hombres y medio), una comedia de situación (sitcom) en la que Charlie Sheen era Charlie Harper. La serie giraba en torno a la vida de dos hermanos treintones largos, en los que uno era un soltero fiestero (Sheen) y el otro su exacto polo opuesto (interpretado por Jon Cryer), que a su vez tenía un hijo preadolescente gordito y simpaticón (interpretado por el nene actor Angus T. Jone). Los tres vivían juntos y básicamente todo giraba en torno a los enredos amorosos de Sheen y las imposibilidades del otro para con el sexo opuesto.

A pesar que la serie no fue ni es de las mejores sitcoms norteamericanas y que ni las benditas risas que se escuchan siempre en esta series de fondo a veces ayudan, Two and Half Men duró 7 años y los contratos de todos los principales actores terminaban recién en 2012. Pero hace unos meses algo se disparó.

El infierno es la imposibilidad de la razón

Aún no está del todo claro y quizás nunca se sabrá pero surgieron dos versiones por las cuales hace más o menos dos meses la CBS y la Warner Brothers (hermanas de una imagen) decidieron suspender las filmaciones de Two and Half Men y por consiguiente los cheques para todo el elenco, incluido el mismo Sheen, que era el centro de la cuestión y que ganaba un promedio de un millón de dólares por capítulo. Nadie (pero nadie) ganaba eso por capítulo en la televisión norteamericana de hace un rato. Una de las versiones dice que Charlie Sheen pidió tres en lugar de un millón por capítulo y todo se reduce a un desarreglo económico, más un rumor sobre la cadena Fox y su posible incorporación. La otra versión es más enrarecida y los medios norteamericanos se encargaron de elucubrar aún más sobre ésta. Al parecer (y no sería la primera vez que sucede) ni a la CBS ni a la Warner Brothers les pareció digamos oportuno tener por su pantalla a alguien tan políticamente incorrecto, que se la pasaba y pasa despilfarrando los millones que gana en mujeres y drogas y, sobre todo, que eso lo diga a boca de jarro como una virtud de su oficio. Así, dicen, las productoras con la suspensión de Sheen del aire le daban “un escarmiento” a todo lo que consideran inapropiado para su teleaudiencia media. Sheen, enardecido, habló de contratos basura y de esclavitud mediática y así, desbordado, empezó una especie de cruzada mediática entre paródica y patética bregando por su libertad personal y artística, siempre ido y con las pupilas como dos aceitunas negras. Pero aún nada parece del todo cierto.

Se la pasó y se la pasa yendo a programas de televisión donde lo entrevistan señores y señoras del estilo Mariano Grondona y no Roberto Pettinatto y se la pasa burlándoseles en la cara. Se la pasa subiendo videos a Youtube donde dice literalmente cualquier cosa pero, en chiste o no, fue uno de los pocos actores de por decir “nombre” en tirar la posibilidad que el 11 de setiembre de 2001 haya sucedido otra cuestión en Nueva York. Hace un par de semanas se largó a una gira (teatral) por distintas ciudades de EEUU con un unipersonal que lleva por título My Violent Torpedo of Truth: Defeat is Not an Option (Mi violento torpedo de verdad: La derrota no es una opción). Empezó en Detroit y apenas pisó el escenario lo primero que dijo fue cuán fácil le había resultado comparar crack (paco) en esa ciudad. Eso parece que está mal para arrancar un monólogo y al parecer le empezaron los silbidos desde la platea. Entonces rumbeó para otro lado y al parecer quedó perdido en una nube de incoherencias varias. Igual sigue de gira juntando dólares y, al parecer, divirtiéndose a lo loco.

El planeta tierra no tiene definición ni género en estos casos y como en Argentina, la teleaudiencia se divierte, enjuicia, sobredimensiona o desvaloriza a una persona que gana millones sólo mostrando o haciendo lo que no se debe. Nada más.

Leonel Giacometto

Publicada en el diario El Ciudadano & la gente el domingo 10 de abril de 2011 (Rosario, Santa fe, argentina) / http://www.elciudadanoweb.com/?p=193316

MUJER DE PESO EN CUESTIÓN

    Aunque su nombre se menciona durante todo el año en todos los programas de no ficción de la televisión argentina, sobre el cuándo, el dónde y el cómo de la vuelta de Susana Giménez a la pantalla chica se empieza a rumorear, siempre, en esta época de hojas que se caen. Sobre el estado de su cuerpo en relación a los años que ya tiene (67, más o menos), sobre las complicadas y extrañas intervenciones estéticas que le practican en distintas clínicas del mundo, sobre las dietas milagrosas, sobre la pugna económica con el canal que la hizo millonaria (Telefé), sobre su sueldo, sobre el horario y los días de emisión de su programa, sobre lo raro que le cae y le cayó siempre “Marce” (Marcelo Tinelli), sobre algo que dijo asumiendo “lo que piensa la gente” y, siempre, sobre todo, los rumores navegan por algún entuerto económico-amoroso que podría estar sucediendo, que hubo sucedido o que habiendo sido amor hoy es litigio y causa judicial.

Shorthorn

    En enero de este año la mostraron medio borracha y desordenada corporalmente saliendo de un pub en Punta del este mientras, tal como sucedió décadas atrás con su pareja de entonces (el basquetbolista Norberto Draghi), su último ex (Jorge Rama) era acusado de estafa y de haberle falsificado la firma a Susana para comprar con cheques jugadores de fútbol. En febrero la revista Paparazzi mostró sus tetas en la tapa y en marzo dijeron que dijo que el sexo anal, para ella, es buenísimo pero que dolía mucho. Sobre por qué no se habla mucho de la cuestión anal en beneficio de la experiencia placentera no es un tema menor pero sí complejo en el imaginario social argentino. En ese terreno donde por momentos parece todo simulado y premeditado hacia lugares incomprensibles y manipulables según la oferta y la demanda de la emoción que algo podría generar sobre un cúmulo de personas, por ahí y por imposición mediática está Susana Giménez, que salió a desmentir todo aquello de su traste y el placer. Que Susana Giménez desmienta algo que dicen que dijo o algo que dijo pero que “no lo pensó” es tan común en la televisión argentina como las veces en que la involucraron a algún tipo de, por decir, manganeta financiera. Sobre esta cuestión, que pesa alrededor de 150 millones de dólares y de los que es dueña, Susana tiene una frase que resume, a fin de cuentas, lo que pasa por su cabeza. “En este país hay que pagar peaje por el éxito”, dice cada dos por tres. El éxito, para Susana Giménez, es hacer plata. Y mucha. Cómo la hizo esa fortuna coincidió en tiempo y forma con su aparición en la televisión de una Argentina que se autoconvencía que el Primer Mundo podía ser rediseñado desde el sur.

Aberdeen Angus

    Apareció en la vida pública argentina a fines de la década del sesenta del siglo pasado gracias a su relación amorosa con el empresario y “hacedor de estrellas” Héctor Cavallero, que se las ingenió para diagramar la entrada al medio de la por entonces modelito de 20 años. Fue la revista Gente la que intervino en esta operación y le siguieron las publicidades del jabón Cadum, del champú al limón Cadum, de las camisas Manhattan, del yogur La vascongada, de la colonia Valet de Gillette, de la crema dental Ultra brite y de Brava, una pick-up de Chevrolet. Se multiplicaron así las tapas de revistas donde aparecía esa chica medio colorada, flaca de piernas complicadas y una mirada que con el tiempo se supo que no era intensidad sino estrabismo.

Hereford

    Descollar como se dice, Susana Giménez nunca descolló artísticamente en nada. Ni al lado de los mejores capocómicos argentinos pudo aprehender algún tipo de práctica sobre el humor. Y en cuanto a lo dramático, a la puesta del cuerpo como carne para la actuación digamos, y a pesar de haber participado en muchas películas, sólo en dos más o menos su impronta fue rediseñada por el ojo y el talento para la dirección de actores de Daniel Tinayre (en La Mary, en 1974), y de Mario David (en La piel del amor, en 1973).

Criolla

    Pareja de tablas y comedias donde andaba sueltita de ropa hizo con Moria Casán en la década del 70, siendo la rubia de esa dupla femenina que volvía locos a, por ejemplo, Alberto Olmedo, a Jorge Porcel, a Gerardo Sofovich, a Pepe Parada y a todos aquellos que por entonces hacían y producían humor picante que le dicen, e iban y venían entre la televisión, el cine y el teatro de revistas. Hizo musicales en teatro (La mujer del año, Sugar, La inhundible Molly Brown) y siempre se recuerda su primera participación teatral, en 1971, junto a Rodolfo Bebán en Las mariposas son libres, pero nadie dice si sostenía algo parecido a la actuación. A la televisión entró para quedarse en 1987. Desde ahí empezó, primero de a poco y luego con una vertiginosa velocidad, a hacer plata y ganar popularidad. Se corrigió la mirada, también.

Holando Argentino

    Hay tres cosas que enloquecen a Susana Giménez, según ella misma: La timba, la plata y los machos. La primera es un metejón que hasta la emparenta con ser accionista de varios casinos. La segunda es una fortuna descomunal y hasta, si se la mira con atención, desmedida en cuanto al hecho de, por ejemplo, compartirla con su compañero de turno. Lo de compañero es un decir sobre la tercera de las cosas que la enloquecen. Qué cosa puede necesitar de un hombre una mujer millonaria y famosa no sólo es amor y ternura. Quiere más. Ahí se le puso complicada la cuestión y más o menos siempre le pasó lo mismo con los varones que tuvo como esposos: Plata de por medio, antes, durante y después del amor. Sobre todo desde que empezó a acumular dinero y decidir qué cosa haría con esa fortuna que iba amasando. Y, sobre todo, desde que apareció diariamente por la televisión con un programa calcado al que estaba haciendo Rafaella Carrá, pero en Italia y con más gracia. La televisión y sus derivaciones económicas y empresariales la llenaron de plata y no hubo una sola de sus operaciones financieras que, en determinado momento, no fuese al menos sospechada como fraudulenta o poco clara a la hora de justificarla fiscalmente. La más enrarecida y entrecruzada situación político-judicial-mediática la pegó a una maniobra fraudulenta entre su programa y la empresa que se dedicaba a la organización y administración de los concursos telefónicos que sostenía el deseo de sus televidentes. La empresa tenía tres socios mayoritarios: Jorge Rodríguez (alias “Corcho” y pareja por entonces de Susana), el ya muerto Roberto Galimberti y Jorge Born, que el mismo Galimberti había secuestrado cuando Montoneros necesitó financiamiento para armarse y operar sobre lo que ellos pensaban como el destino nacional. En el medio, mientras “Su” debatía su amor o desamor por el Corcho y Galimberti y Born posaban juntos para las revistas, unidos y reconciliados, se destapó otra trama entre el Su llamado, el origen y destino de los fondos que se recaudaban por cada llamado que la gente hacía para acceder a la posibilidad de ganar un millón de pesos, una Fundación de nombre Felices los niños que presidía el cura Julio César Grassi, que iba seguido al programa de Susana hasta que empezó un escándalo grosero de denuncias sobre abusos sexuales a menores por parte del cura, una cámara oculta en un programa que conducía por aquel entonces María Laura Santillán por Canal 13, un juicio al cura (que siempre dijo que la promesa de apoyo financiero de parte de la empresa del Su llamado nunca fue cumplida). Susana se mostró primero a favor y después en contra del cura, pero igual de embarrada como cuando en 1991 compró un Mercedes Benz importado a nombre de un discapacitado llamado Cayetano Ruggiero. Tuvo que pagar 10 mil dólares de fianza para no ir presa.

Jersey

    Una vez, al aire y en vivo, vio una moneda de un peso y dijo desconocerla. Cuando había plata en la televisión argentina, hacía traer de Las Vegas a cuanto freak se mostraba como espectáculo público de divertimento entre apuesta y apuesta. Cuando la producción se achicó empezó a buscar freaks argentinos. Su programa siempre estuvo sustentado en premios y concursos más una pasarela mediática por la que pasaron desde presidentes hasta un señor con dos penes. Se casó varias veces y cada vez que se separó armó un revuelo mediático donde siempre sobredimensionaba su impericia para “elegir” la pareja, digamos, adecuada. Tiene una hija de su primer matrimonio que poco sonríe para la prensa. Es abuela y muy pocas veces a Susana Giménez se la vio emocionada o con (al menos) leves gestos de congoja por algo o alguien. Nunca lloró por la tele, ni siquiera cuando hablaba del amor roto y cómo sus hombres le sacaron plata a cambio de afecto y compañía. Hizo un comentario sobre la existencia actual de los dinosaurios y, para no llamarla “ignorante”, lo que se llama el medio empezó a desplegar sobre ella cierta imagen de espontaneidad frente a las cámaras. No le importa absolutamente nada que tenga que ver con la política, a no ser que le convenga y pueda remontarse a la época donde el dólar era un peso y al presidente Menem le decía “Mi presi”. Entre 2001 y 2002 vivió más en Miami que en Argentina (infiérase por qué). Pidió la vuelta del servicio militar obligatorio, la pena de muerte como posibilidad de justicia y no tiene ni idea de quién es, por ejemplo, Lucrecia Martel. El difunto boxeador Carlos Monzón la hizo gozar como loca según ella misma, pero también en varias oportunidades le marcó el cuerpo a los golpes. Como muchas otras, se besó furtivamente con Carlos Calvo, Sergio Denis y Cacho Castaña. Siempre quiso estatura social, por eso se creyó el cuento de un polista que decía ser conde y se casó enamorada. Hizo de un cenicero un arma de defensa marital y se hizo la víctima con Mariano Grondona argumentando que los hombres la buscaban por sus millones. Aunque nunca respondió a ningún partido político ni causa social, su nombre apareció en una lista de, literalmente, chicas amigas del poder de turno. Los militares del Proceso de reorganización nacional fueron cholulos con ella y, al parecer, en cuestión afectiva lo mejor que le pasó se llama Ricardo Darín, quien no pisaba los 22 años cuando Susana, de treinta y muy largos, se enamoró de él. En una entrevista que hace muchos años que le hizo el ya fallecido periodista Néstor Romano, Ricardo Darín dijo de la que alguna vez fue su pareja: “Susana es tan ingenua que por su mente diría que tiene ocho años”. Ricardo Darín suele repetir esa frase de vez en cuando a la par de una sonrisa que parecería decir que lo de ingenua es un decir.

Leonel Giacometto

Publicada en el diario El Ciudadano & la gente el lunes 3 de abril de 2011 (Rosario, Santa fe, Argentina) /http://www.elciudadanoweb.com/?p=189155

LA RESISTENCIA DEL ESPECTADOR

    Si la palabra “cultura” es muy difícil de definir sin entrar en al menos en una controversia, la “opinión pública” es un delirio inclasificable y la palabra “fama” es una materialización concreta sin género, sin edad, sin historia, sin forma, sin contorno (o con todo eso junto) de una imagen que se expone, más una catarata de rumores, diversas maneras de abordar la actuación, dos o tres escenas inventadas y una decisión y una seguridad que no contemplan jamás los espejos de la desesperación. La fama es la posibilidad siempre activa de que otros (sólo viendo) hagan sinapsis sobre “eso” que es siendo ahí (en vivo o grabado) y el espasmo de “sentir que se es” se haga verdadero en una imagen que desea pero que no encuadra la ambición al principio. Este tipo de sentido común sobre la fama aparece como motivación posible para toda esa gente que, siempre teniendo a la televisión como fuente de ingresos, historial y nivel de popularidad, un día se da cuenta que “los políticos perdieron credibilidad, y los personajes de los medios quizá generamos mayor crédito que muchos de esos que hoy están acá y mañana están allá, y son responsables de la debacle que sufrimos como país”. Esto lo dijo una vez, hace unos años ya, Claudio Morgado, hoy director del Inadi. Pero no fue el único y ejemplos verbales hay de sobra.

Pasen y vean

    Moria Casán candidata en su momento dijo como digamos plataforma política: “Quiero otra protección para la cultura, quiero defensa para el cine nacional, quiero que los teatros no estén gravados, quiero se creen más teatros, que se construya más quiero yo”. Ethel Rojo, ídem: “Quiero que la gente humilde pueda tener una heladera y un lavarropas”. A la que alguna vez por una propaganda de aceite apodaron “La lechuguita” también se candidateó en cierta época porque dijo tener vocación de servicio. Fue Zulma Faiad quien lo dijo, y agregó: “Como tengo una vida pública, no tengo prontuario. Tengo sentido común, que no está de moda, que no abunda en la política. Y los que nunca hicimos política sentimos la necesidad de llevar sentido humano al Congreso”. Pero quizás la más rara de las imágenes de toda esta gente surgió a partir del ingreso público-político, hace mucho, del ex corredor de Fórmula 1 y galán activo Carlos Alberto Reutemann, a quien le dicen “Lole” porque al parecer en su vida infantil jamás pronunciaba ese alguna ese cuando le preguntaban sobre dónde estaba su padre. Entre los lechones estaba el padre de Reutemann de chico pero, ya político, no se sabe si a favor o en contra, al Lole lo compararon con un personaje de ficción de una novela de JersY Kosinski (Being there / Desde el jardín, 1971), que después el cine hizo carne (Being there / Bienvenido Mr. Chance, 1979) en el cuerpo de Peter Sellers, que hacía de un jardinero entre estúpido y alienado que llegaba a presidente de los EEUU casi sin proponérselo, y siempre rodeado de gente que de alguna manera, le sostenía el palo. A Reutemann lo besó Carolina de Mónaco pero lo bautizó Carlos Menen en la política argentina, como a Ramón “Palito” Ortega y a Daniel Scioli, entre varios más.

Yo me votaría

    Si bien la “cuestión Evita” enloqueció a más de una actriz, a algunos los buscan los mismos partidos políticos que ven en ellos el resultado de un deseo, una oportunidad del tipo timba, o un cholulismo auténtico. Otros en determinado momento de su vida siguen la línea paterna, y a más de uno les surge algo que ellos mismos emparentan como una devolución de afecto, como un “el amor de ustedes me enseñó el cómo” o “si ellos pueden, ¿por qué yo no?”. Más allá del que se será mencionado más abajo, en la cabeza retener la impronta de Eugenio “Nito” Artaza, Irma Roy, Luis Brandoni, el simplemente llamado “Soldado Chamamé”, Soledad Silveyra, Norman Briski, Susana Rinaldi, Zulma Faiad, “Larry de Clay”, Ethel Rojo, Nacha Guevara, Moria Casán, Palito ortega, Daniel Scioli y sigue la lista si nos vamos a las letras. “Florencia Peña en cualquier momento”, habría dicho Horangel. Pero cierto o no, este afecto que el actor/famoso/deportista/mediático/vedette/farandulero dice devolver a su público en formato de candidatura política es una de las formas más efectivas de alcanzar, aunque sea por un rato, una popularidad más poderosa. El poder necesita siempre algún tipo de medida pero puede venir de cualquier lado. En la política argentina viene de sostener cierta imagen sobre lo popular y la gente que come cuando puede. Esa gente que tanto le cuesta ver a esa otra gente que en 2005 se juntó y armó el PRO (Propuesta republicana), por alguna seducción enrarecida convenció a Miguel del Sel (Mi de Midachi) para que se candidatee por la gobernación de la provincia de Santa Fe, matando (o creyendo matar, eso se verá) varios pájaros de un solo tiro: Santa Fe está llena de peronistas, entre ellos el mismo Miguel del Sel, que ahora es él quien desde el PRO seduce a Reutemann y a todos esos políticos que forman el Partido Justicialista pero que, como siempre sucede entre ellos, volvieron a fracturar al partido más popular argentino.

Mi

    Miguel del Sel es todo lo que se espera de un cómico. Nada más y nada menos pisando ya los cincuenta años, y sumándole que es también productor agropecuario. Lo mejor que hizo en su carrera fue una imitación memorable de la difunta Mercedes Sosa y un personaje femenino de nombre “La Tota”, que resumía a fin de cuentas la clase medio alta venida de abajo de la sociedad santafesina. Prototipo de puntera política con cargo municipal La Tota se paseó por todos los canales, desfachatada como ninguna y dueña de una chispa que le permitió la subsistencia televisiva independiente de cualquier canal y/o conductor o conductora. Espontáneo y rápido para los remates como pocos en la televisión, Miguel del Sel también supo manejarse amistosamente con el sector político respondiendo siempre a un mandato digamos generacional que lo emparentó siempre al peronismo. A cuál de todos es una desorganización cultural casi su definición, pero cerca de los ex gobernadores santafesinos Jorge Obeid y Carlos Reutemann siempre anduvo. Hoy les pide votos.

Da

    Dady Brieva no lo podía creer y menos cuando lo decía por su propia boca, siempre sonriendo con la sonrisa compradora que tiene y lo salva. Pero, ni estando en una meseta ni en un franco declive sino más bien en una estabilidad que muy pocos grupos humorísticos lograron con el paso de los años, Miguel del Sel dijo basta con los Midachi y se desvirgó en las arenas movedizas y llenas de muertos de la política argentina. Si bien como pudo y puede vislumbrarse no es único ni el mejorcito de los ejemplos, tampoco pensar en Arnold Schwarzenegger aliviaría la cuestión. Pero sí habla de cuánto se especula sobre lo que se genera entre estas personas y las otras, las más reales, las que los inventan con sólo mirarlos.

Chi

    Chistes aparte, dijeron algunos, a principios de marzo Miguel (Torres) del Sel se sentó junto a Mauricio Macri y, cámaras mediantes, anunció su candidatura a gobernador de Santa fe por el PRO. Entre canchero y gracioso, largó una premisa fatal como deseo de gobernación. “Que los negritos se bañen con agua caliente y dejen de manguear”, deseó. “Así hablo yo”, respondió cuando la voz del Inadi a cargo del que una vez salía por la tele dado vuelta literalmente, disparaba las enmiendas de la reparación que origina la discriminación. La palabra “negro” es un problema. La palabra “negrito” peor. Hace un tiempo la presidenta fue y vino entre “gordito”, “negrito” y “yo un poco morocha soy”. A principios de marzo, Miguel del Sel, cómico y productor agropecuario, hizo lo mismo y el Inadi gritó. Pero tampoco hizo nada. La tolerancia es un mito sólido. Mejor dejar que la ironía lea la entrelínea de lo que se ve y se escucha por la televisión en esta cuestión, y que el zamarreo emocional no explique nada. Al menos a la hora de votar.

Leonel Giacometto

Publicada en el diario El ciudadano & la gente el 27 de marzo de 2011 (Rosario, Santa fe, Argentina).

EL FLEXIBLE MÚSCULO DE LA OPINIÓN PÚBLICA NACIONAL

    Dicen que por aquella época fue Roberto Galán quien los presentó, tal como hace unos años Pancho Dotto lo hacía con sus modelitos y el poder político del siglo que se estaba terminando. Dicen que el círculo íntimo de militares que rodeaba a Juan Perón se la hizo ver negra al General cuando empezó su amor con Eva Duarte. Pero al parecer a ninguno de los dos les importó, y dicen que la misma Eva fue una de las pioneras en comenzar a divulgarlo y que de a poco la cuestión en secreto se hizo insostenible. Y así, con su pasión inclasificable hecha arsenal, Eva Duarte empezaba a dimensionar apenas la enormidad de ser Evita, y Perón usufructuaba la cuestión a favor del Estado y su gobierno la hacía líder y mártir después. Pero al principio Evita era actriz y para aquella época, muchos militares y demás sectores de la sociedad esa situación la emparentaron (y emparentan) al más viejo de los oficios terrenales. Hoy el ojo está puesto más en las chicas del tipo vedettes que en las actrices pero igual muchos empresarios, políticos y deportistas pagan el silencio mediático de un suceso que, aunque placentero y deseado, sólo duró lo que tenía que durar y que jamás debería ver la luz pública. Pero, como Evita, con mayor o menor suerte o cabeza, la pasión puede mutar efecto y ese efecto se puede hacer afecto y así conjugar lo social con la imagen y ser, a fin de cuentas, mejor de lo que se piensa que se es. Esto funciona desde la televisión pero a veces no pasa de una cama la cuestión.

Tu misterioso alguien

    ¿Qué imperiosa necesidad de qué cosa se le cruzó por la blonda cabeza al economista devenido político casi cincuentón (Hernán) Martín (Pérez) Redrado semanas después de haber terminado su gestión (con autoacuartelamiento incluido) a la cabeza del Banco Central en 2009? ¿Qué pensó ahí encerrado ese tiempito con toda la plata (real) por él custodiada? Se vio enorme y se vio por la tele. Y no fue el impresionante (porque impresiona) culo de la sobrina de Evangelina Salazar lo que vio, sino la posibilidad del todo que también incluía ese culo pero que ambicionaba más y casi que vio la posibilidad concreta Redrado de dejar de ser un político de rango operativo digamos, y transformarse por fin en un nombre y apellido de la política argentina al que se lo ama u odia con el mismo fervor con el que se ama u odia a sus jefes (Néstor Kirchner, Eduardo Duhalde, etc.). Por eso meses después de su ida del Banco Central empezaron los rumores sobre una supuesta relación amorosa entre él y Luciana Salazar. Lo de relación amorosa, entiéndase, no es lo que Moria Casán definió como touch and go (o sexo express), sino como la puerta de la casa que esa yunta comenzaría a construir, con jardín, perros e hijos incluidos, a lo Valeria Mazza digamos. Esta presunción funciona en algunos casos, siempre y cuando la cruza entre lo mediático y lo político respondiese (a la fuerza a veces) a por lo menos un interés común en cuanto a lo que, mediáticamente hablando, esa junta produciría para afuera. Adentro es otra cuestión y más aún cuando desde el arranque la cosa se impone como un simple “toco y me voy”. Ahí es otro cantar y no hay ni hubo rincón de la cama política que no haya sido dualmente deseado por una cámara de televisión. Pero el silencio vale más a veces, y sobre todo por la tele. En ese sentido (y en el otro también), la que mejor estaría jugando en ese terreno de la tele que vendrá y la política que vendría, es Pamela David, que asiste y es parte de la metamorfosis de Daniel Vila por, principalmente, Amércia tv. Pero Lulipop cara y actitud de soñar con eso nunca tuvo, aunque es probable que, después de todo, como Luciana Salazar sólo existe a través de su propia construcción personal hecha a partir de lo que el ojo masculino requería, así digamos, es probable que Lulipop haya tenido algún tipo de deseo sobre esa cuestión. Hoy al parecer ya no lo tiene y anda por EEUU, entre unas reparadoras vacaciones del corazón y la participación (como actriz) en la nueva película que Alejandro Agresti está filmando allá, con (entre otros) John Cusak, y que lleva por título Dictablanda. Mientras tanto, acá, por la tele, Redrado coquetea con ciertos periodistas políticos, quienes sólo cuarenta minutos después del reportaje, después que Redrado vomitó sus intenciones para con el país, sólo ahí, el periodista puede preguntar sobre el affaire. “Una cuestión menor”, responde él. Y todos contentos. Ella hizo su trabajo y siguió. Él también y ahora está en la tele. Los motivos para estar y permanecer en la televisión de parte de ciertos políticos no miden improntas ni vergüenzas ajenas: el acceso a la maquinaria del país bien vale ese sacrificio. Pero, al parecer, alguien se enojó. Y mucho. Tanto que, urgente, este alguien le dijo a su marido que o actuaba él o actuaba ella. Por eso fue el mismo Eduardo Duhalde quien habría hecho bajar dos escalones a Redrado con la argumentación que “esa chica” no le convenía, y que mejor la cabeza la pusiera en su precandidatura a la silla donde ahora se sienta Mauricio Macri. Chiche Duhalde es el termómetro moral de todo un movimiento y eso se nota muy bien en su descendencia: Una de sus hijas es monja.

La nebulosa

Calculado todo desde el vamos, o improvisando sobre el suceder de los acontecimientos y sucesos que se iban dando a medida que el tire y afloje de las versiones entrecruzadas, los rumores, los fotomontajes y un despilfarro de elucubraciones varias iban y venían, el affaire mediático entre Luciana Salazar y Martín Redrado pone y puso en evidencia, una vez más, el desatino de varios políticos a la hora de, estando en campaña electoral o similar, hacerse visible en el universo de lo mediático, imponiendo o tratando de imponer una construcción digamos acorde a lo que, supuestamente, la opinión pública “acepta” o “aceptaría” como idóneo para ser votado y así ser parte de quienes rigen los destinos legales, sociales, culturales y económicos de aquellas presunciones extrañas que forman esa nebulosa llamada “opinión pública”.

Contame cómo es Harvard

    Habiendo o no habiendo muchos intereses en juego, el affaire Redrado-Lulipop disparó para cualquier lado y rozó la intangible definición de lo que se llama “opinión pública”. Para algunos la opinión pública respondería a un puritanismo que, obviamente, esconde una aceptada doble vida, un machismo enorme y una fachada pública sobre la cual la política argentina, en conjunción con lo que se llama farándula (gente que aparece y vive en y de la televisión), manipula según el termómetro de “lo que dice o diría” la opinión pública. Qué cosa y cómo se mide la opinión pública, en una generalidad y haciendo foco en lo político y lo mediático, ante todo se divide en dos grandes franjas: una franja se llama “Ciudad autónoma de Buenos Aires”, y la otra tan sólo “El interior”, donde muchos presuponen de la misma manera que lo hizo una vez Sofía Loren antes de conocer el país: que todos andan correteando blandiendo al aire las boleadoras para cazar. Una injusticia más de la imagen que se forma.

    De ahí las dos franjas se subdividen en varias más según peso, altura, edad, estudios declarados, situación patrimonial, gustos varios, sector habitacional, etc. Pero siempre se parte de la idea que la opinión pública es puritana, católica, monogámica, paternalista y, sobre todo, la opinión pública argentina es generosa, como su pueblo. Pero nunca se puede estar seguro sobre qué cosa hay de cierto en todo eso y por qué por ejemplo Carlos Menem, que había ingresado a su primera presidencia de la mano de su mujer de siempre (Zulema Yoma), a los meses literalmente la dejó en la calle de enfrente de Olivos y empezó el fulgor fiestero. Un sector de la opinión pública que se dice reivindica ese accionar, del mismo modo que se presumió que Redrado al “comerse a Lulipop” se haría, digamos, más popular. Un desbarajuste del sinsentido que no deja en claro nada sobre el qué quiere la opinión pública o si, después de todo, son más o menos 5 personas las que presuponen todo y experimentan sobre un país, que a veces le viene bien cualquier cosa.

Leonel Giacometto

Publicada en el diario El Ciudadano & la gente el domingo 20 de marzo de 2011 (Rosario, Santa fe, Argentina) / http://www.elciudadanoweb.com/?p=180836

LA MÁQUINA DE CORTAR BOLUDOS

    Que algo sucede ahora que antes no sucedía en la televisión argentina es evidente y, prácticamente, resume un cúmulo de intencionalidades varias, de niveles cuestionables, de doctrinas o algo similar o cercano, de posturas, de negociados, de manoseos donde hay algo que prevalece: La división que opina, navega, se despliega, se comunica, niega, oculta, difunde, silencia, twittea y manipula desde sendos costados y desde una cuestión que nació desde el gobierno, y que mezcló empresarios e ideologías, como siempre. Sólo que por este tiempo, entre la televisión, Internet, la radio, los diarios en papel, cierta no ficción publicada en libros, la publicidad callejera y demás canales de difusión, el procedimiento se hizo intención, la maquinaria más visible pero no por eso menos hostil. En el medio, entre la gente del medio y la del costado, un monopolio multimedio que habla de la defensa de una libertad de prensa que curiosamente acumula imagen y compra todo lo comprable, y un gobierno que también compra todo lo comprable pero que invierte en el cómo de esa compra con insistencias e imposiciones sobre reparaciones múltiples, chantajes emocionales y una voluntad mediática soberana por rubricar historia con el apellido, pero decidida y camuflada de progresismo. Por eso hoy todo en El Trece (ex Canal 13), toda la imagen de los programas digamos populares huelen a vulgaridad o, en otras palabras, a menemismo puro. A Menem le gustaban las putas, la noche, el despilfarro, el disfrute al borde del exceso, los dólares, el cholulismo más básico pero siempre deseado, el montaje de la imagen, el vale todo. Al gobierno del Bicentenario más uno le gusta más la mesura y el reaseguro a cualquier precio, los dólares, la actuación, el momento arreglado, los pequeños detalles de aparición mediática más o menos cholula. Jamás se habla de cholulismo sino de gusto, respeto y admiración mutua, en exceso a veces. Por ahí se les escapa un gesto pero recurren a una de las tres Marías que se está apagando y listo, que siga la reparación. Lo de Florencia Peña es ardor.

Adiós al zurdaje

    Embarrada de rumores, entredichos y cachetazos mediáticos, falsa hasta para la actuación, como siempre, Mirtha Legrand dijo que lo suyo no era un “adiós” sino un “hasta luego”. Que Mirtha Legrand se la haya pasado jugando durante años con volver o no volver a la pantalla chica (en vivo) cada vez que terminaba su ciclo anual no extraña a nadie ya. Mirtha agota, repite y se repite, es metida, medio lanzada a preguntarle “cualquier cosa a cualquiera” sin mirarse jamás ni arrepentirse de nada, y apelando siempre a una frase que suena, cuando menos, extraña: “Yo les di todo”, dice Mirtha a sus televidentes. En una época se acariciaba largo el rostro con una rosa durante minutos. En otra época, casi como lo hacía el Club 700, Mirtha enviaba efluvios por la tele pero es católica de la vieja escuela, esposa de ley y viuda silenciosa; madre homofóbica, abuela insoportable, mala actriz y se hace la sota en más de una ocasión. Pero tiene 84 años más o menos y no baja la guardia. No es poca cosa teniendo en cuenta que, en vivo y en directo, todos los días, salvo a Marcelo Tinelli, al resto de la tele se le nota el deterioro.

    Una cuestión de negocios, rating y pautas publicitarias habrían sido los motivos por los cuales, por ahora, a Mirtha Legrand la corrieron del aire televisivo sin la posibilidad de jugar ella misma su propio juego de idas y vueltas. Esto se entrecruza con un año de elecciones generales y un divague sobre cómo el espacio televisivo que Mirtha Legrand (y ella misma) podría influir sobre el electorado. Quién votará a quién este año ya se verá, pero hay que tener en cuenta que papelones y situaciones complicadas de parte de la familia política se produjeron siempre en la mesa de sus almuerzos televisados (Menem bailó con una odalisca, Cristina tenía menos pelo y no sabía sonreír, Luis Brandoni estuvo al borde del cachetazo ante una pregunta de Mirtha, 6 diputadas a punto de irse a las manos, Duhalde rompió una copa y casi la deja tuerta a Mirtha, etc.). Un cotilleo enorme y posible que este último febrero la dejó afuera del aire, ahogada de golpe desde Mar del Plata, con un último programa visualmente complicado, técnicamente pobre y 30 invitados sentados en 3 o 4 tablones decorados donde, de todos esos 30, el más real en el apoyo hacia Mirtha Legrand fue Enrique Pinti, que parece seguir siendo fiel a su propia melancolía y, por suerte, a los 70 años, sigue abriendo la boca y haciendo reír. Esto último es un problema en la televisión de hoy.

 Barú Budú Budía

    “Tengo confianza. Tengo confianza, por eso les digo a los políticos y a los funcionarios -no a todos los políticos ni a todos los funcionarios porque hay que preservar las instituciones- a algunos políticos y a algunos funcionarios que están ahí viéndome: Si siguen haciendo las cosas que están haciendo, yo voy a tratar de estar acá todo el tiempo posible para seguir jodiendo. Y para cuidarlos también. Y para preservarlos de la máquina de cortar boludos, porque si pusiéramos la máquina de cortar boludos dentro de la maquina del túnel tiempo, y se pusiera a cortar boludos históricos con retroactividad, otra hubiera sido la historieta hoy. Historieta que como país no creo que nos merezcamos. Esto lo dice mi libretista Santiago Varela, yo no estoy tan seguro. Un cacho de culpa tenemos también. Por eso les digo mis queridos Chichipios: A seguir laburando, vermú con papas fritas y Good show!”. Así cerraba su monólogo Tato Bores el día que en 1990 cumplía 30 años de televisión. Tato Bores fue único y supo como ninguno desplegar su actuación a la par y en correlación con, por ejemplo, Alberto Olmedo y Jorge Porcel, pero también reacondicionó la sátira televisiva para que la coyuntura pudiera, de algún modo, ser materia de análisis. El humor fue el canal de su análisis y el humor dignifica. Cuánto vale la palabra dignidad en la tele de estos días es una banalidad discutirlo, y Tato Bores murió el 11 de enero de 1996 y seguramente no tenía ni idea quiénes eran Néstor Kirchner ni Cristina Fernández. Pero sí sabía quiénes eran los otros y desde hacía 30 años que venía haciendo monólogos sobre la realidad política, sobre el estado de las cosas hablaba desde el humor, la ironía y un empeño de la imaginación por sortear dificultades varias cuando, por ejemplo, tenía su programa en épocas militares, cuando una parte del peronismo fue feroz y andaba armado, o cuando en 1992 la Jueza Federal María Romilda Servini de Cubría censuró la emisión de un fragmento de su programa en el que se la mencionaba. Cuatro meses después la Corte Suprema de Justicia revocó la censura y la por entonces fauna televisiva y mediática del momento (de Luis Alberto Spinetta a Bernardo Neustadt) inmortalizó una canción en apoyo a Tato que sólo decía: “La jueza Barú Budú Budía, la jueza Barú Budú Budía, la jueza Barú Budú Budía es lo más grande que hay”.

    De estar vivo hoy, Tato Bores sería un problema tanto para el delicado humor del gobierno como para la impunidad histórica del Grupo Clarín, y Tato no encontraría contención ni en América tv, donde están varios termómetros mediáticos sobre los que el gobierno y la oposición mira con ambiguo recelo en algunos casos (Mirtha Legrand), y con cuidado en otros (Jorge Rial). Y van y vienen entonces entre especulaciones varias, simulacros de afinidades y dispersiones varias de chequeras. De esta manera, a fin de cuentas, Jorge Rial tiene una medida de las opiniones más plausible de ser comprada y/u ofertada que, por ejemplo, Luis Majul, que vio la luz pública desde el periodismo político de investigación que se le dice, y hoy está devenido un literal petiso cholulo, un menemista tardío. El resto de los periodistas políticos que persisten con programas en la televisión y que no están ni en Canal 7 ni en el monopolio Clarín, van por cable. Algunos se pagan su propio espacio, a otros se los pagan y las dos figuras más reconocibles (y vivas) del periodismo político televisivo comparten canal: Jorge Lanata y Mariano Grondona, por el canal 26, propiedad de Alberto Pierri, de indefinible oficio entre la palabra empresario y la palabra político, sobre quien pesa el apodo de ser el “cuarto hombre” en la cuestión Papel Prensa y el gobierno, pero que opera de la misma forma que se operó durante la década menemista en la televisión: “Decí lo que quieras pero vamos y vamos”. Hoy la cosa cambió y quizás el reflejo más auténtico de la incerteza también estaría en ese canal pero sería una mujer. Y podría ser el tono el que se le fue deformando por la impotencia a esa mujer, quizás, de que los años pasaron y los motivos por los cuales le cerraron la boca aún siguen vigentes (a pesar que Guillermo Patricio Kelly se llevó a la tumba lo que sabía). La cuestión es que Liliana López Foresi es ésa mujer y hoy, así como está, así como suena su voz, así como se la ve y se la escucha por el 26 a la tarde, es el ejemplo vivo de un periodismo roto, masacrado mentalmente, resentido y desplazado a pesar del empuje y las (por llamarlas así) auténticas intenciones por tener algún tipo de acercamiento a lo que con abuso se llama verdad. “Que se calle Kelly”, habría dicho Ernestina. “Que se calle Liliana”, habría respondido Menem veinte años atrás. Esas dos líneas de diálogo aún le siguen perforando la duermevela.

Lo desaparecido

    Lo que más se extraña en la televisión argentina es el humor. Ya no hay programas de humor, y menos de humor político donde, créase o no, había gente dispuesta a hacer reír sin el compromiso de pertenecer a ésta o aquella empresa, sino más bien con la visión propia del que lo hacía en relación a su ideología. Cuál era la ideología de esta gente que hacía humor con el sector político viene y no viene al caso, era ficción después de todo y se gestaba desde la actuación y no desde el modelo que pide bando, que necesita sí o sí un enfrente callado, satisfecho con lo que hay gratis (el fútbol) y dueños de un país mejor que sólo ellos saben cómo hacerlo.

    El gobierno mismo no tiene humor y la ironía la maneja corta, cercana a la paranoia. La medida de todo está sopesada, fundamentalmente, en el valor o desvalor de qué, con quién o qué hacía alguien de la televisión durante el menemismo y, sobre todo, entre 1976 y 1983, cuando sucedió la última dictadura militar, dejando siempre de lado los primeros 6 años de la década del 70 del siglo pasado, y apelando a una estrategia orquestada desde lo audiovisual, define y demarca la historia argentina reciente haciendo hincapié, sobre todo, en una generación que, al parecer, según el gobierno, necesita ideología y un líder para venerar.

Hijos sin humor

    Tal y como parece sucedía en los años 70 del siglo pasado en el país, como en todos lados, hay y había gente que le importaba y hay y había gente que no le importaba lo que sucediendo estaba, y se habitualizaba a determinados sucederes sin por decir preocuparse tanto. Hubo un mundial de fútbol en el corazón de la masacre (la AFA era de Julio Grondona ya), pero era habitual escuchar frases tales como “a nosotros nunca nada” o “en algo andaba” o “algo habrá hecho”. Más o menos igual hoy está dividida la cosa pero en democracia, ahora, hoy por hoy, hay que sumarle una generación más. Es la generación que está promediando la treintena la que está haciéndose visible como se dice en el panorama nacional. Es la generación que nació en los años en los que sus padres, aún, la mayoría, no llegaba a 30 años, y en algunos casos mucho menos. Mucha de esa gente está muerta, asesinada mediante la tortura física en su gran mayoría, a la que también, si estaba la oportunidad, las mujeres embarazadas parían secuestradas y sus hijos eran entregados a otras familias. Más de cien personas ya fueron anoticiadas de esto y, de golpe, la historia oficial de sus vidas cambiaba evidenciando lo peor: La forma en que fue adoptado no sólo fue ilegal, sino atroz. Aún se siguen buscando hijos que están dentro de la generación que está vislumbrando que es la que sigue. Atrás y ahora, los padres y abuelos hacen pico de estatura vital digamos y, o ya apostaron todo, o éste es el momento de hacerlo. Empiezan a medirse, a revolverse, a saldarse, a intentarlo. El gobierno fue pionero en mirar a estos hijos y se puso a la cabeza de la reparación histórica de un momento no vivido por los hijos, que de chiquitos escucharon, repitieron, hicieron lo que quisieron con lo que sus padres hicieron, o habían hecho, o estaban haciendo. Algunos cobraron, otros se indignaron, más de uno se calló la boca y muchos desearían ser parte de algo que, quizás, ardía en el corazón de sus padres pero que hoy está apagado, como el humor de Capuzotto. Así una división se establece donde todo acontecimiento necesita, sí o sí, una pared sólida donde apoyarse y blandir la ideología de la reparación, digamos, de lo que el gobierno está (o estaría) haciendo valer como verdad. Esta generación, centrada específicamente en una adolescencia menemista que después, y de golpe, salió como de un estado hipnótico, y hoy se esfuerza y hasta que se autoconvence por creer, por tener fe que, de una vez por todas, otra nación vendrá. Lástima que es imposible tener humor.

Leonel Giacometto

Publicada en el diario El Ciudadano & la gente el lunes 14 de marzo de 2011 (Rosario, Santa fe, Argentina) /http://www.elciudadanoweb.com/?p=176356