EL MUNDO SEGÚN RICKY MARTIN 27 febrero, 2011
Posted by Leonel Giacometto in Televisión escrita.trackback
Desde la tumba, los huesos de Marcel Proust llevan inscriptos otros tipos de ligues y gestos, otras asignaciones familiares, otras fulguraciones. Hoy es la televisión la que hace historia y, hasta si se lo piensa con cuidado, se podría llegar a imaginar (digamos) que hay una posibilidad veraz en aquello que, aunque esperado en otro momento y quizás bajos otras circunstancias, cuando lo que el otro público le reclamaba y le admiraba al mismo tiempo, cuando la impensada paz que se podría llegar a sentir siendo quién es y teniendo lo que se tiene, ahí entonces sí, es probable que Ricky Martín sea sincero al responder hoy por hoy a la pregunta de “por qué ahora”. “Porque me cansé”, dijo. Y es probable. A pesar de que el dinero es la mejor, la más perfecta, la menos ambigua, la más redimensionada, la más cruel y la más creíble de las ideas humanas, a pesar a favor y en contra, no se puede guardar tanto tiempo lo que, aunque leve en algunos, parece música que suena en lo neuronal. Pero es ruido lo que traduce el cuerpo, no sonido. Ruido es lo que repercute, arrítmico y casi desconcertante, inaudible en algunos, como una irrupción de eucaliptus de procedencia ajena en un edificio, donde habita otro estilo, donde la injuria sigue dando terror. Pero Ricky Martín es feliz dice ahora que dijo (confesó) que es el pene y los testículos lo que siempre deseó para después llamarlo amor, y que sus hijos de vientre alquilado anónimo le proporcionaron también esa dicha, ese estado, esa felicidad. El mundo ordenado de las costumbres ahora está equilibrado y Mitch (su supuesto amante argentino) está muerto, al igual que Juan Castro, que Fernando Peña y María Elena Walsh. Ser George Michael hoy queda mal. Y de Silvina Ocampo y de Adolfo Bioy Casares mejor no hablar.
Diversa
A Mariano Peluffo (que no es Jorge Rial, quien posiblemente entienda más de sexo y poder) se le descontrolan (por dentro) las terminaciones nerviosas a la hora de verlo a Alejandro, el tan anunciado de antemano participante 19 de Gran Hermano 2011, sobre quien en Telefé están desesperados porque muestre las tetitas o diga cabalmente cómo es eso que tiene entre las piernas, y que no sea tan grosero después de todo (es Telefé, nótese). Por Crónica tv se ve que se casan dos chicas que son policías, rubias y lindas, como una duermevela de Mauricio Macri. Ya nadie recuerda las lacrimosas escenas de Rafael H. H. Freda por el programa de Mauro Viale pidiendo por favor la obra social de los docentes para su pareja varón. Jamás nadie ingresará a la política desde el vamos de ser gay, a no ser que antes no haya pasado por ese anuncio y esa “lucha” (como Alex Freire, que va para diputado ahora –o quiere-). No queda bien que una abuela o bisabuela que mira tele, en Rosario por ejemplo, se entere que la construcción de lo que se llama un “periodista serio” no viva como ella, pero sí chupe lo que ella habrá chupado. Pablito Ruiz se va a casar con un modelito morochito de 18 años, a quien se le nota mucho el abuso de la autoestima. No sabemos qué es Zulma Lobatto pero tampoco sabemos en qué se convirtió Florencia Peña. Hay uno de Gran Hermano 2011 (que salió y volvió a entrar y dijo que él creía ser el 19 por el sólo hecho de ser “gay”) que muestra lo que en la jerga se llama “musculoca”, término devenido, quizás, del deseo infantil de ser tan duro por afuera y tan blanda por dentro, como Supermán, como un X-Men, como Vin Diesel, como cualquiera de los que vieron de chiquitos y tomaron como real. Bill Bixie era más sexy que el Increíble Hulk pero estas musculocas resplandecen de ardor verde y se les dilatan todos los vasos sanguíneos. Y son varoncitos. En otro canal hay una verdadera masa de carne dispuesta y moldeada a todo con tal de desplegar lo que seguramente enriquece el vocabulario de psicólogos y sociólogos pero no alivia la cuestión. Varones y mujeres, sin distinción. Ni el manquito se salva de la venta en Ideas del Sur. José María Muscari bailará en Bailando por un sueño 2011 con otro varón, pero trata de que nadie le pregunte la peor de las preguntas que se le puede hacer, al aire, a una loca: “¿Quién hace de mujer?”. Ricardo Fort no es de verdad. Entre tanto, la televisión opina y especula sobre lo que ella misma considera que es: Heterosexual, tolerante, comprensible, compasiva y, a pesar de todo (porque todo hay mostrarlo después de todo), familiar y progresista. En estas últimas dos palabras hay algo que ya ni improvisarse puede, pero que sin embargo sigue actuando, como parámetro del desborde que sería, por ejemplo, la redefinición real de la palabra familia. Qué sería real en este caso es un problema del que, por ahora, la televisión sólo muestra como quiere.
Diversidad
Últimamente la televisión argentina (sino la general) muestra y rotula una diversidad que, si bien igualitariamente normalizada gracias al esfuerzo del cruce político con las organizaciones gays (GLTTB se llaman, y son una ensalada), destaca y pugna por una especie de identidad equitativa que parecería como negar el pasado, lo sucedido, lo extasiado bajo la represión, la fe en lo esquivo, lo encontrado en otros niveles y parecerse más a la otra, que la miró siempre de reojo, al menos. Y no sólo en la televisión esto sucede, el cine, la fotografía, la literatura, el teatro, el arte en general entra o entraría (si quiere) en una nueva subjetividad de lo que “era” con lo que “es” ahora, donde todo tiende a normalizarse. Esto es un decir, pero es en la televisión quizás donde entre lo que se ve, se escucha, se entiende, se hace como que se sabe, entre lo que se miente, se especula, se ficcionaliza, se dramatiza y se valoriza su procedencia, hay un dato que por ahora no le importa a nadie en realidad: La heterosexualidad, su forma, contenido y sustancia en contraposición con lo otro, lo que no tenía nombre hasta que un médico inventó esas dos palabras, esos dos patrones que, hoy, pugnando con la religión y hasta haciéndose compinches a veces, despliegan como chorreando un abanico más grande y florido que aquellos abanicos que le dieron identidad (digamos) a los Locomía. A eso le sumamos la familia y el valor de la carne humana, que por televisión valen mucho.
Normalizada
Al azar, un ejemplo donde el rótulo desborda. La cadena se engarza con Mariano Grondona, que hace unos años mientras tapaba con una Gisela Marziotta poniendo gustosa la cabeza por algo que nadie sabe, mostraba al aire un video (medio pixelado) donde se lo podía ver al juez Oyarbide junto a un, digamos, mastodonte de músculos enormes a punto de comenzar una plática sobre la Poética de Aristóteles, en un reducto que por entonces era de Luciano Garbellano, ex taxi boy y ahora socio de Moria Casán (ícono gay). Fue un acto extorsivo que hoy, prelavado, sigue con virulencia. En muchos ámbitos esto último sucede pero al presente el juez llegó con las causas judiciales nacionales más importantes y comprometidas a nivel político pero aún, desde algunos costados, la competencia o no sobre su capacidad como juez se la vincula directamente a un chisme sobre sus resoluciones efectuadas dentro de un jacuzzi en un sauna vip, digamos, en un piso de una torre en pleno Puerto Madero. O se infiere toda una parafernalia de rechazos y vida ausente y triste sobre “su condición” al chismosear que las últimas palabras de la madre del juez antes de morir fueron: “Me voy para que seas libre, hijo”. Ahí es donde, todo el enjambre de lo llamado de derecha y de izquierda hace centro en el medio de un estrecho orificio que, en lo social, sigue, por decir, siendo vil con el gremio. Lástima que el gremio también, a veces, intenta reproducir aquello y aquellos que y quienes por años fue y fueron motivo de su propio rechazo. Los prejuicios no mueren, sólo se trasplantan a otros injertos.
Si bien se podrían inferir otras intenciones en otros ámbitos más amables con el fin, otras calificaciones tan caducas como derecha o izquierda, la más jodida y recurrente injuria hacia otro es “puto”. Pero putos hay muchos y en sí la cuestión no dice nada y dice mucho al mismo tiempo. Ser puto no es una cuestión (propia, ajena o familiar) de una putez inducida por el ano o por la vagina, sino una cuestión de cabeza, de lo que hay adentro y lo que el devenir de esa cabeza pudo consigo misma, en ese cuerpo, en ese devenir algo digamos, por ahí, a mansalva de cualquiera. Nadie sabe que es puto hasta que alguno se lo gritó de chiquito y ahí empezó el problema. Ahí las aguas se trifurcan y, seamos claros, en la televisión argentina putos de derecha como se dice, hay bastantes. La lista sería un placer, pero como escribió uno por ahí “para qué ser tan perversa, tan mezquina (tan derramada, tan abierta), y abrirle la puerta de calle al monstruo que mora en las esquinas, o sea el cielo como una explosión de vaselina, como un chisporroteo, como un tiro clavado en la nalguicie, por qué ser tan sentadora, tan bonita y los llamaremos por sus nombres cuando todos nos sienten (o sea, cuando nadie nos escucha), por qué ser tan pizpireta, charlatana, tan solterona, tan dementes”.
¿Será posible, entonces, dentro del doble juego ficción y no ficción de la televisión que todos vemos, ahí, en esa zona que ingresa en cualquier lugar, en cualquier hogar, será posible un derrotero sobre el por llamarlo así dolor (o no dolor), la pena y el desgaste de la pérdida amorosa sin la premisa de una pareja varón-mujer? ¿Será posible generar el mismo digamos costado sensible a pesar de la diferencia que pugna por no serlo? ¿Será posible cierta intención legítima de reparación histórico-social-cultural sobre las equivalencias entre las sensaciones que son similares a pesar del género? “Las sensaciones habitan y abandonan cuerpos, no géneros”, dice uno. ¿Será posible que la novedad siempre bipolar entre la tragedia y la comedia que siempre implica un dúo amoroso hombre-hombre o mujer-mujer, no se geste desde la transgresión sino desde la inclusión de un mismo valor? ¿Quién fue el que dijo dos y no tres para juntarse? ¿Será posible hablar de travestis sin hablar de gays? ¿Y al revés? ¿O todo tiende a una decadente y tardía diversidad digamos normalizada?
Leonel Giacometto
Publicada en el diario El Ciudadano & la gente el 27 de febrero de 2011 (Rosario, Santa fe, Argentina).


el miedo deviene en hiipocresía, la hipocresía en juicio, y entonces se sienten puros y limpios a los ojos de la sociedad, quién tira la primera piedra cuando los cánones sociales cambian como cambiante es la humanidad?
Ricky Martin fue, según pienso, el puntapié inicial para que se desencadenara este texto, pero fue también el desencadenante de una ola de revelaciones, suspiros y segmentos de TV. A tus preguntas hacia el final de la nota no puedo darles una respuesta única. El mundo está lleno de neandertales que, como su nombre lo indica, viven en la prehistoria y todavía no aprendieron qué es el amor o dicen que saben, pero no. Hoy, si se piensa, la discusión sobre este tema, “ser o no ser”, cambió (la nueva ley y/o la gente que la voto son prueba de ello), como también el hecho de que ahora puedas ver a dos amigos/gas travestis o una pareja gay agarrados de la mano en plena calle Peatonal Córdoba, no a cualquier hora, claro. Interesante sería ver si Ricky le canta a “otro”, con adjetivos masculinos incluidos, aunque sus fans sean, en general, “otras”. ¿Se animará?
G. con Tutti