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PESOS Y MEDIDAS ACERCA DE LA LEGITIMACIÓN MEDIÁTICA 16 noviembre, 2010

Posted by Leonel Giacometto in Televisión escrita.
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    Con el peso exacto incomprobable pero indudable de ser (junto con la radio) el medio más popular, la televisión, con menos de cien años de vida, domina el por decir (controlado) campo audiovisual de todo el planeta (y más allá también). En Internet se dicen muchas cosas sobre lo que vendrá, sobre lo que fue y sobre lo que podría estar siendo mientras, en la tele, se quejan todos. Pero, en el grueso de la población que respira, Internet encuentra a través de la televisión un estatuto más real digamos (por tanto verdadero y ya juzgado) si toda la información y demás cuestiones que andan en lo virtual pasan a lo mediático. Lo mediático pareciera ser la balanza que legitima “de un modo amplio y popular” (tendencioso y manipulador, también) los distintos grados de verdades y mentiras que Internet dispara. Reescribe su propio criterio sobre la realidad virtual la televisión, que convence para comprar online, auspicia las redes sociales (y las denuncia también con el mismo énfasis), alienta al registro audiovisual o escrito de lo que pasa y a la hiperinformación digamos. También lo anula todo a veces y ni hablar si la noticia es sobre un videíto de esos que después traen, al menos, dolores de cabeza. Twitter, sin ir más lejos, gana adeptos gracias a la televisión y esa especie de retroalimentación entre filo paranoica, poética y buchona de comentarlo todo sobre todos en menos de 140 caracteres sin importar la fuente gana, también, la forma de hacer periodismo en la tele y con seguridad más de un productor de informe periodísticos se muerde los labios ante cierta virtual información. Lo de informar es un abuso semántico hoy por hoy que podría buscar, o al menos encontrar, otros canales de percepción. Será por eso que aún la tele espera para largar al aire, por ejemplo, la catarata de páginas y demás sitios virtuales que hablan de una conspiración entre fantasiosa y fantástica del rescate de los 33 mineros en Chile y, la televisión misma como portador y transmisor de un ritual de inducción pergeñado por poderosos que aseguran la venida del Anticristo. Será por eso que el 27 de octubre pasado ante el desamparo y el dolor inmediato de los que no murieron, la muerte súbita de una figura importante del hacer nacional despliega toda una mampostería que resguarda, al menos, la imagen de lo que vendrá y releva cómo, por televisión o por Internet, todo puede ser visto de otro modo.

El hiperdolor

    Siempre, desde acá, se está como esperando un milagro más que un cambio de actitud legítima, o una postura frente a las posibilidades de un hacer medio perezoso. Es decir que se hace como que se entiende que la televisión argentina es la que se produce y se gesta en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. De eso no hay dudas. El interior audiovisual zozobra, es la hija boba de los multimedios y algún que otro cacique feudal, a la que siempre se mira con intenciones funestas pero políticamente incorrectas de ser realizadas. No impone nada, no inventa nada, no discute nada, no opina nada, no actúa nada, no muestra una sola teta siquiera con cierto afán que no sea intencional hacia allá, hacia Buenos Aires, donde hay cámaras con filtros y se hace la televisión que vemos todos. Así, y hasta el asesinato de Mariano Ferreyra el pasado 20 de octubre, esa televisión argentina y porteña era un universo habitado y financiado por dos mundos: el mundo Tinelli y el mundo que se diputan el gobierno y Clarín. El resto es una ficción medio descolocada de ritmo pero ésa semana en cuestión, el universo televisión llegaba a dos picos digamos de extrema tensión (una real, la otra no tanto) que, desde distintos costados, rozaban y se embarraban hacia lugares insospechados y ligeramente descontrolados: en Showmatch y derivados, entre gente mojada y gente pasada de horarios, se hablaba, se juzgaba, se jugaba y se ponía en evidencia, primero, que es al menos común que un hombre le pegue una trompada a una mujer que estando enamorada ella, incapaz está con su moral de discernir los grados del daño. Anejo y propio el daño porque, después, al parecer ese amor femenino fue más violento que el otro y ahí todos dejaron entrever, una vez más, lo que el machismo sigue generando en el cuerpo humano. Todo a medias y siempre especulando con más pero mientras tanto, en la calle, un civil había matado a otro civil en una disputa sindical y todo apuntaba a la cúpula de la confederación más real y más actualmente violenta del peronismo: La CGT. Sobre todo del Secretario de Ciencia, Cultura y Técnica (José Pedraza) de la Confederación General del Trabajo caía la sospecha de haber sido, al menos, una voz opinante para actuar después, otro, sobre el gatillo del revolver que disparó una bala y le dio en el costado derecho del cuerpo de Ferreyra y lo mató con 23 años apenas de haber estado vivo. En los dos mundos la cosa estaba caldeada. En ese momento, mientras el país se paralizaba por un día para saber cuántos somos más o menos en realidad, Néstor Kirchner ingresó de prepo a la inmortalidad y, televisivamente, lo sepultó todo por tres días.

    La televisación de su funeral fue un acontecimiento televisivo gestado desde el dolor (real de algunos, irrepresentable de otros), y desde la rapidez absoluta de un equipo que responde a un criterio audiovisual unívoco que desde hacía rato el gobierno venía poniendo en práctica. Por eso, inmediatamente después de, dicen, haber decidido Cristina que la despedida de su marido sería pública, a cajón cerrado y en la Rosada, la cabeza que gestó el desfile del Bicentenario, Javier Alberto Grosman, fue convocada junto con su cuerpo de acción: Fuerza Bruta, el grupo de teatro aéreo que le dicen. Todo se hizo rápido, entrecruzando la tecnología de la televisión pública con otra contratada, y con la austeridad del propio dolor que, aún así, no declina su trascendencia pero asume con el estoicismo pulcro que se debe tener en estos casos, digamos, cuando se es dolor y se es imagen, y eso deviene poder. La imagen que se vio por la televisión la ponía en el centro a Cristina, la secundaban sus dos hijos (el varón, sobre todo) y detrás, a los costados circulares, los dolientes, quienes junto con la presidenta custodiaron el dolor y el cajón, y recibían las condolencias emotivas de la gente. Por momentos Cristina dejaba su centro y se entregaba a las manos alzadas de la gente que le pedía llorando (a mares, algunos) soportar el dolor de un pueblo y reparación sobre todo, reparación histórica. Eso hacía contraste con el elenco concertado que se llama “oposición”. Al menos por televisión, para bien o para mal de lo que se llama “actuación nacional”, a nadie de la oposición se le cayó de la boca una frase (ni parecida siquiera, ni hay quién ose tampoco) a la que dijo Balbín en los minutos finales del funeral de Perón, con el país ya en un profundo carmesí: “Este viejo adversario viene a despedir a un amigo”. En cambio prefirieron ponerle más empeño a la elaboración escueta de frases recurrentes que reprimían ciertos gestos que desde la televisión se vieron, al menos, como desconcertantes y desconcertados. Un velorio nacional que ajustó su dolor y le dio un impacto visual de solemnidad parecida a los funerales de las grandes personalidades del mundo que ya no están, aunque a cajón cerrado, fue la transmisión de casi tres días de emisión ininterrumpida donde, como dijo Mirtha Legrand la semana pasada en su programa, “la gente humilde honró a su líder”.

El dolor de la tele

    A más de uno de la tele le dio cierto pavor al ver las 25 cuadras de personas y, seguramente, eso fue el aliento que lo llevó a abrazarse al dolor de Cristina. Otros decidieron no asistir y que esa ausencia se notase. Maradona fue correcto, Daniel Fanego tuvo mucha cámara, Nacha Guevara estuvo en el montón, Nancy Duplá y su marido hicieron un papelón, en lugar de Solita fue Chacho, Andrea del Boca pudo llorar este año ante millones de personas (como otrora), y Florencia Peña fue la única que se puso la camiseta de la decisión artística y la voluntad popular y dijo “nosotros” al hablar del gobierno. El resto esperó para volver. Hoy todo volvió a ser más o menos lo mismo en la tele: Luis Majul sigue siendo petiso y altanero, como un menemista tardío. El peronismo lo pone mucho en pantalla a Agustín Rossi, Internet está llena de pingüinos alados y elucubraciones siniestras sobre suicidio y extremaunción, el futbol sigue siendo para todos; TN ya no es Todo Noticias sino Todos Nosotros, Cristina tiene Twitter, Facebook y Youtube; Lanata es escuchable pero está cansado, avejentado o medio apagado; y Ricardo Fort al parecer para regocijo del buen gusto y la credibilidad mediática de Guido Suller (quien hace poco le dijo a Anabela Ascar que fue virgen de ano hasta los 40 años), ya no podría ocultar más cómo es tener un testículo (ajeno) en la boca y sentir placer. Graciela Alfano y otra (en otro canal) quedaron viudas de amante setententista: Murió Massera y murió demente. También empezó todo un revuelo sobre qué cosa se meten por las narices algunos en Showmatch y derivados. Pero eso durará poco, como siempre sucede en la tele.

LEONEL GIACOMETTO

Publicada en el diario EL CIUDADANO, el martes 16 de noviembre de 2010 (Rosario, Santa Fe, Argentina).

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